"Cada hoja es todas las hojas del innumerable Arbol de los Relatos"

Saturday, August 09, 2008

"Un triángulo o bien medio dado de la felicidad"

Los zuecos de madera de mi abuelo...
Cuando mi mamá era chica, le tocó padecer la Guerra Civil Española en Galicia y la miseria posterior (me torturó “por siglos” con ese asunto, como si yo no hubiese tenido ya bastante con los desaparecidos…). Entre lo poco que se trajo, están los zuequitos de madera que les tallaba su papá, que era un artista impresionante. Ahora que ya estoy casi tan anciana como ella, me vienen sus relatos, como si fueran míos una y otra vez, llenándome de nostalgia. Es cierto, que mi profesora de Literatura no ayuda haciéndome leer libros en los que los protagonistas parecen ser gente que conozco de toda la vida…
Ya ni películas miro para no complicarme con ese asunto. ¿Ahora tendré que dejar de leer?
Resulta que en: ”Los chanclos de la felicidad” del danés Hans Christian Andersen, los tales zuecos, tienen el poder de hacer realidad los sueños de quien se los calce. Primero un juez, por error se los lleva y termina viviendo una noche en la Edad media, que idealizaba, hasta que su Østergade se le aparece llena de barro bajo los pies y los puentes no se hallan donde debieran:

“¡Ha desaparecido la acera, y las farolas están apagadas! (…) _ ¿Desea el señor cruzar a la isla? _preguntaron_ ¿La isla? Dijo el juez que no sabía en que época estaba_.Quiero ir a Kristianshavn, a la pequeña Torvegade”.

Cuanto más hablaba con los barqueros menos se entendían. Terminó borracho en una taberna donde le hablaban en alemán, hasta que se le cayeron los zuecos y se vio en su calle de vuelta, alegrándose de que todo fuera otra vez tan civilizado…

nuestra época, con todos su defectos es mucho mejor que aquella en la que acababa de estar. Y pensar eso fue muy juicioso para el juez.”

Allí mismo en la vereda, un sereno se encuentra los chanclos y se los calza para llevárselos a un teniente que cree será su dueño. Siempre deseó ser soltero y sin preocupaciones como el fulano:

“el sereno se transformó en el teniente en cuerpo y alma. Estaba en su habitación levantado, y tenía entre los dedos un papelito rosa en el que había un poema, un poema del teniente mismo, porque quien no ha sentido alguna vez en su vida el deseo de componer un poema y poner en verso sus pensamientos. Decía:

¡Si yo fuera rico!

¡Si yo fuera rico!, de niño rezaba
Cuando ni siquiera a la mesa llegaba
¡Si yo fuera rico!, sería oficial,
Con casaca, plumas y con puñal;
Más llegué a serlo un día, al final,
Y el dinero a mi no acude.
¡Nuestro Señor me ayude!

Una tarde una niña me besó en la boca;
Yo era alegre, su edad era poca,
Yo era rico en cuentos y aventuras,
Y si en el dinero las pasaba duras
La niña quería escuchas aventuras;
Yo las tengo, más el oro no acude.
¡Ojalá que algún día Dios me ayude!

¡Si yo fuera rico!, a Dios aún le pido.
Aquella niñita ya tanto ha crecido…
Es bella, es lista y es bondadosa;
Si de mi corazón quisiera la rosa,
Si conmigo aún se mostrara amorosa…
Pero soy pobre y su amor no acude.
¡Ojalá que Dios al fin me ayude!

Si tranquila estuviera mi alma
No escribiría y tendría calma.
Si tú, a la que amo, entendieras
Y este poema joven leyeras…
Más sería mejor que no lo hicieras.
Soy pobre, la miseria acude.
¡Ojalá que a ti Dios te ayude!”

Si, esos son los versos que se escriben cuando uno está enamorado, aunque ninguna persona razonable los imprima. Teniente, amor y pobreza forman un triángulo, o bien medio dado de la felicidad. Eso era lo que sentía el teniente, y por eso apoyó la cabeza en el marco de la ventana y suspiró profundamente.
_ Ese pobre sereno que está ahí afuera en la calle es mucho más feliz que yo. El no conoce las privaciones que yo siento. El tiene hogar, una mujer e hijos que lloran con sus penas y ríen con sus alegrías.”

Al final, parece que tenía razón el hada amarga: la Pena…
“¡El que los tenga será desgraciado y bendecirá el momento en que se vuelva a ver libre de esos chanclos!
_ ¡Pero porqué dices eso! _replicó la otra_ los dejaré junto a la puerta, alguien los recogerá y será feliz.”

Claro, pobre inocente… ella no llegaba a ser el hada de la Felicidad, solo era su doncella.

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María Elsa Rodríguez nació en San Miguel (Buenos Aires, Argentina) en 1966. Supo que lo suyo no eran las obtusas matemáticas, y que los sueños la movilizaban más que la realidad. Estudió Cinematografía, Fotografía, Bibliotecología y Archivística (áreas estas dos últimas en las que desarrolló su labor profesional los últimos años, sin dejar de seguir ampliando en talleres, su interés por la dramaturgia y la literatura). Estrenó obras en teatro, publicó cuentos y su primera novela. Desde entonces, comparte algo de su material en los sitios que administra en la Web: • https://artistinconcluso.blogspot.com/ • http://unadextranjerosenyankilandia.blogspot.com/ • http://ailaviuforever.blogspot.com/ • https://www.facebook.com/Libros-para-olvidar-la-editorial-de-los-libros-perdidos-984324104963181/