"Cada hoja es todas las hojas del innumerable Arbol de los Relatos"

Wednesday, August 20, 2008

Jonathan y Ernesto, esos matemáticos viajeros

Dijo Ernesto Sábato como "Justificación":

“Uno se embarca hacia tierras lejanas, indaga la naturaleza, ansía el conocimiento de los hombres, inventa seres de ficción, busca a Dios. Después se comprende que el fantasma que se perseguía era Uno-Mismo (…) Estas reflexiones no forman un cuerpo sistemático ni pretenden satisfacer las exigencias de la forma literaria: no soy un filosofo y Dios me libre de ser un literato; son la expresión irregular de un hombre de nuestro tiempo que se ha visto obligado a reflexionar sobre el caos que lo rodea. (…) En 1934, cuando era estudiante, fui enviado a un congreso comunista en Bruselas. Iba a Europa imaginando que los males del movimiento podían ser exclusivamente argentinos; todavía conservaba muchas ingenuidades (…) el universo burgués me había asqueado.”[1]

A Jonathan Swift, lo que le daba asco soberanamente, eran los soberanos ingleses que le fastidiaban su irlandesa estirpe. “Los viajes de Gulliver” no eran un libro para niños entones, sino una mordaz crítica ligeramente disfrazada contra esos viles vecinos invasores. La historia del primer viaje de este hombre que naufraga y es retenido como “prisionero” entre un pueblo de baja estatura física, que lo trata con mayor altura que las autoridades doblemente “reales” en su propia tierra… comienza en:” Bristol el 4 de mayo de 1699, y la travesía al principio fue muy próspera.”

Como a Sábato, no solo le molestaban las gentes de su época, sino que también compartían algunas curiosas observaciones, las matemáticas para explicarlo todo y: “El reloj, que surgió para ayudar al hombre, se ha convertido hoy en un instrumento para torturarlo.
Antes, cuando se sentía hambre se echaba una mirada al reloj para ver que hora era; ahora se lo consulta para saber si tenemos hambre.”


Cuando a Gulliver le piden con todo respeto, permiso para registrar sus bolsillos (ya que después de todo es el prisionero)… le garantizan hacer un inventario de sus posesiones:

«Imprimis. En el bolsillo derecho de la casaca del «Gran-Hombre-Montaña» (así traduzco Quinbus Flestrin), después del más detenido registro, encontramos sólo una gran pieza de tela ordinaria, de bastante tamaño para servir de alfombra en la gran sala del trono de Vuestra Majestad (…) Había dos bolsillos en que no pudimos entrar: los llamaba él sus bolsillos de pretina, y eran dos grandes rajas abiertas en la parte superior de su media cubierta, pero que mantenía cerradas la presión de su vientre. Del de la derecha colgaba una gran cadena de plata, con una extraordinaria suerte de máquina al extremo. Le ordenamos sacar lo que hubiese sujeto a esta cadena, que resultó ser una esfera la mitad de plata y la otra mitad de un metal transparente, porque en el lado transparente vimos ciertas extrañas cifras, dibujadas en circunferencia, y que creímos poder tocar, hasta que notamos que nos detenía los dedos aquella sustancia diáfana. Nos acercó a los oídos este aparato, que producía un ruido incesante, como el de una aceña. Imaginamos que es, o algún animal desconocido, o el dios que él adora; aunque nos inclinamos a la última opinión, porque nos aseguró -si es que no le entendimos mal, ya que se expresaba muy imperfectamente- que rara vez hacía nada sin consultarlo. Le llamaba su oráculo, y dijo que señalaba cuándo era tiempo para todas las acciones de su vida.2


[1] Ernesto Sábato. Fragmento de “Justificación”, prólogo de: “Hombres y engranajes”. Seix Barral, 2006

2 Jonathan Swift: “Viajes de Gulliver (Primera parte): Un viaje a Liliput

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“María Elsa Rodríguez nació en San Miguel (Buenos Aires, Argentina). Supo que lo suyo no eran las obtusas matemáticas, y que los sueños la movilizaban más que la realidad. Estudió Cinematografía, Fotografía, Biología Marina y Bibliotecología. Formó parte del elenco de: “Gris de Ausencia”, de Roberto Cossa y “Tartufo”. En un momento sospechó que la película más genial y el mejor libro ya existían, por ello, decidió respetuosamente seguir escribiendo en secreto... hasta que: “Mirna, un domingo en camiseta” se estrenó en teatro, para su sorpresa, y envió unos cuentos a una editorial...”