"Cada hoja es todas las hojas del innumerable Arbol de los Relatos"
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Sunday, August 02, 2009

"Vivir es esperar (y desesperar) respuestas"

Ya había subido una carta verdera, que Julio (ese mes que acaba de irse otra vez...) había escrito y finalmente publicado para su admirada Glenda: “Botella al mar" en 1980:

"Querida Glenda, esta carta no le será enviada por las vías ordinarias porque nada entre nosotros puede ser enviado así, entrar en los ritos sociales de los sobres y el correo. Será más bien como si la pusiera en una botella y la dejara caer a las aguas de la bahía de San Francisco en cuyo borde, se alza la casa desde donde le escribo, como si la atara al cuello de una de las gaviotas que pasan como latigazos de sombra frente a mi ventana y oscurecen por un instante el teclado de esta máquina. Pero una carta de todos modos dirigida a usted, a Glenda Jackson..." http://artistinconcluso.blogspot.com/search?q=botella+al+mar


Lo lindo de ese asunto es que a Cortazar, le contestó la chica. Esa que él había bautizado para no ofender: "Glenda Garson", en: "Amábamos tanto a Glenda".



Acá hay otra historia de cartas:

"¿Qué contamos acerca de nosotros cuando escribimos cartas personales? Un hombre y una mujer que nunca se han visto se escriben cartas durante meses al cabo de los cuales ambos se sienten seducidos por el otro y deciden encontrarse. El punto fijado es la estación de Basavilbaso."
(...)
“Las cartas habían comenzado en el mes de octubre por el libro que le envié. Su respuesta fue inmediata: “He recibido su libro. El regalo es el recuerdo, no el objeto. El ‘afectuosamente’ de la dedicatoria y el desprotegido ‘María’ de la firma me comprometen a una respuesta desde el mismo lugar y rápida. Siempre esperamos respuestas. Vivir es esperar (y desesperar) respuestas”.
Así había comenzado la escritura entre nosotros. Un ir y venir de cartas que llevaba entonces muchos meses.
(…)
“No se hasta donde nos protege el equilibrio de la escritura; lo que si creo saber es que embarcarme en una aventura como la nuestra nos hace más vulnerables, más sensibles ya tal vez así, mejores personas. No puede haber culpa ni arrepentimiento, aunque si ‘miedo y como un anhelo en todo el cuerpo’. Miedo si, mucho miedo. Todos los miedos el Miedo de que se nos note la sonrisa que sobreviene con solo pensarnos y que es imposible de ocultar. Vergüenza, nada. Y el anhelo en todo el cuerpo, si. Hay un compromiso que va más allá de las cartas. Y para cuando aparezca el abismo de la necesidad de abrazos, encontraremos el donde y el cuándo; porque el cómo es el universalmente conocido”.

Laura Germano: "Estación Basavilbaso". Buenos Aires (edición de la autora).
ISBN 978-p87-05-3884-4

Thursday, January 08, 2009

Es así, pienso, que se operan las comunicaciones profundas

"Hablen, tienen tres minutos"
Insisto, planteó uno y se mandó entre otras cosas esto:

"pienso en ti obstinadamente, como una ciega máquina,
como la cifra que repite interminablemente el gongo de la fiebre
el loco que cobija su paloma en la mano, acariciándola hora a hora
hasta mezclar los dedos y las plumas en una sola miga de ternura.

Creo que sospecharás esto que ocurre,
como yo te presiento a la distancia en tu ciudad,
volviendo del paseo donde quizá juntases
la misma florecita, un poco por botánica,
un poco porque aquí,

porque es preciso
que no estemos tan solos, que nos demos
un pétalo, aunque sea un pasito, una pelusa."

Y bueno, mientras espero zarpar para Tortugal, mi lugar en el mundo, le envío a quien corresponda:

“Botella al mar"

Epílogo a un cuento
Berkeley, California, 29 de septiembre de 1980.

"Querida Glenda, esta carta no le será enviada por las vías ordinarias porque nada entre nosotros puede ser enviado así, entrar en los ritos sociales de los sobres y el correo. Será más bien como si la pusiera en una botella y la dejara caer a las aguas de la bahía de San Francisco en cuyo borde, se alza la casa desde donde le escribo, como si la atara al cuello de una de las gaviotas que pasan como latigazos de sombra frente a mi ventana y oscurecen por un instante el teclado de esta máquina. Pero una carta de todos modos dirigida a usted, a Glenda Jackson, en alguna parte del mundo que probablemente seguirá siendo Londres; como muchas cartas, como muchos relatos, también hay mensajes que son botellas al mar y entran en esos lentos, prodigiosos sea-changer que Shakespeare cinceló en La Tempestad y que amigos inconsolables inscribirían tanto tiempo después en la lápida bajo la cual duerme el corazón de Percy Bysahe Shelley en el cementerio de Cayo Sextio, en Roma.
Es así, pienso, que se operan las comunicaciones profundas, lentas botellas errando en lentos mares, tal como lentamente se abrirá camino esta carta que la busca a usted con su verdadero nombre, no ya la Glenda Garson que también era usted, pero que el pudor y el cariño cambiaron sin cambiarla, exactamente como usted cambia sin cambiar de una película a otra. Le escribo a esa mujer que respira bajo tantas máscaras, inclusa la que yo inventé para no ofenderla y le escribo porque también usted se ha comunicado ahora conmigo debajo de mis máscaras de escritor; por eso nos hemos ganado el derecho de hablarnos así, ahora que sin la más mínima posibilidad imaginable acaba de llegarme su respuesta, su propia botella al mar rompiéndose en las rocas de esta bahía para llenarme de delicia en la que por debajo late algo como el miedo, un miedo que no acalla la delicia, que la vuelve pánica, la sitúa fuera de toda carne y de todo tiempo como usted y yo sin duda lo hemos querido cada uno a su manera.
No es fácil escribirle esto porque usted no sabe nada de Glenda Garson, pero a la vez las cosas ocurren como si yo tuviera que explicar inútilmente algo que de algún modo es la razón de su respuesta; todo ocurre como en planos diferentes, en una duplicación que vuelve absurdo cualquier procedimiento ordinario de contacto; estamos escribiendo o actuando para terceros, no para nosotros, y por eso esta carta toma la forma de un texto que será leído por terceros y acaso jamás por usted, o tal vez por usted pero solo en algún lejano día, de la misma manera que su respuesta ya ha sido conocida por terceros mientras que yo acabo de recibirla hace apenas tres días y por un mero azar de viaje. Creo que si las cosas ocurren así, de nada serviría intentar un contacto directo; creo que la única posibilidad de decirle esto es dirigiéndole una vez más a quienes van a leerlo como literatura, un relato dentro de otro, una coda o algo que parecía destinado a terminar con ese perfecto cierre definitivo que para mi deben tener los buenos relatos. Y si rompo la norma, si a mi manera le estoy escribiendo este mensaje, usted que acaso no lo leerá jamás es la que me está obligando, la que tal vez me está pidiendo que se lo escriba.
Conozca, entonces, lo que no podía conocer y sin embargo conoce. Hace exactamente dos semanas que Guillermo, Shavelson, mi editor en México, me entregó los primeros ejemplares de un libro de cuentos que escribí a lo largo de estos últimos tiempos y que lleva el título de uno de ellos, Queremos tanto a Glenda. Cuentos en español, por supuesto, y que sólo serán traducidos a otras lenguas en los próximos años, cuentos que esta semana empiezan apenas a circular en México y que usted no ha podido leer en Londres, donde por lo demás casi no se me lee y mucho menos en español. Tengo que hablarle de uno de ellos sintiendo al mismo tiempo, y en eso reside el ambiguo horror que anda por todo esto, lo inútil de hacerlo, porque usted, de una manera que solo el relato mismo puede insinuar, lo conoce ya; contra todas las razones, contra la razón misma, la respuesta que acabo de recibir me lo prueba y, me obliga a hacer lo que estoy haciendo frente al absurdo, si esto es absurdo, Glenda, y yo creo que no lo es aunque ni usted ni yo podamos saber lo que es.
Usted recordará entonces, aunque no puede recordar algo que nunca ha leído, algo cuyas páginas tienen todavía la humedad de la tinta de imprenta, que en ese relato se habla de un grupo de amigos de Buenos Aires que comparten, desde una furtiva fraternidad de club, el cariño y la admiración que sienten por usted, por esa actriz que el relato llama Glenda Garson, pero cuya carrera teatral y cinematográfica está indicada con la claridad suficiente para que cualquiera que lo merezca pueda reconocerla. El relato es muy simple: los amigos quieren tanto a Glenda que no pueden tolerar el escándalo de que algunas estén por debajo de la perfección que todo gran amor postula y necesita, y que la mediocridad de ciertos directores enturbie lo que sin duda usted había buscado mientras las filmaba. Como toda narración que propone una catarsis, que culmina en un sacrificio lustral, éste se permite transgredir la verosimilitud en busca de una verdad más honda y más última; así, el club hace lo necesario para apropiarse de las copias de las películas menos perfectas y las modifica allí donde una mera supresión o un cambio apenas perceptible en el montaje repararán las imperdonables torpezas originales. Supongo que usted, como ellos, no se preocupa por las despreciables imposibilidades prácticas de una operación que el relato describe sin detalles farragosos; simplemente la fidelidad y el dinero hacen lo suyo, y un día el club puede dar por terminada la tarea y entrar en el séptimo día de la felicidad. Sobre todo de la felicidad porque en ese momento usted anuncia su retiro del teatro y del cine, clausurando y perfeccionando sin saberlo una labor que la reiteración y el tiempo hubieran terminado por mancillar.
Sin saberlo... Ah, yo soy el autor del cuento, Glenda, pero ahora ya no puedo afirmar lo que me parecía tan claro al escribirlo. Ahora me ha llegado su respuesta, y algo que nada tiene que ver con la razón me obliga a reconocer que el retiro de Glenda Garson tenía algo de extraño, casi de forzado, así, al término justo de la tarea del ignoto y lejano club. Pero sigo contándole el cuento aunque ahora su final me parezca horrible puesto que tengo que contárselo a usted, y es imposible no hacerlo puesto que está en el cuento, puesto que todos lo están sabiendo en México desde hace diez días y sobre todo porque usted también lo sabe. Simplemente, un año más tarde Glenda Garson decide retornar al cine, y los amigos del club leen la noticia con la abrumadora certidumbre de que ya no les será posible repetir un proceso que sienten clausurado, definitivo. Solo les queda una manera de defender la perfección, el ápice de la dicha tan duramente alcanzada. Glenda Clarson no alcanzará a filmar la película anunciada, el club 'hará lo necesario y para siempre.
Todo esto, usted lo ve, es un cuento dentro de un libro, con algunos ribetes de fantástico o de insólito, coincide con la atmósfera de los otros relatos de ese volumen que mi editor me entregó la víspera de mi partida de México. Que el libro lleve ese título se debe simplemente a que ninguno de otros cuentos tenía para mí esa resonancia un poco nostálgica y enamorada que su nombre y su imagen despiertan en mi vida desde que una tarde, en el Aldwych Theater de Londres, la vi fustigar con el sedoso látigo de sus cabellos el torso, desnudo del marqués de Sade; imposible saber, cuando elegí ese título para el libro que de alguna manera estaba separando el relato del resto y poniendo toda su carga en la cubierta, tal como ahora en su última película que acabo de ver hace tres días aquí en San Francisco, alguien ha elegido un título, Hopscotch, alguien que sabe que esa palabra se traduce por Rayuela en español. Las botellas han llegado ha destino, Glenda, pero el mar en el que derivaron no es el mar de los navíos y de los albatros.
Todo se dio en un segundo, pensé irónicamente que habla venido a San Francisco para hacer un cursillo con estudiantes de Berkeley y que íbamos a divertirnos ante la coincidencia del titulo de esa película y el de la novela que seria uno de los temas de trabajo. Entonces, Glenda, vi la fotografía de la protagonista y por primera vez fue el miedo. Haber llegado de México trayendo un libro que se anuncia con su nombre, y encontrar su nombre en una película que se anuncia con el título de uno de mis libros, valía ya como una bonita jugada del azar que tantas veces me ha hecho jugadas así; pero eso no era todo, eso no era nada hasta que la botella se hizo pedazos en la oscuridad de la sala y conocí la respuesta, digo respuesta porque no puedo ni quiero creer que sea una venganza.
No es una venganza si no un llamado al margen de todo lo admisible, una invitación a un viaje que solo puede cumplirse en territorios fuera de todo territorio. La película, desde ya puede decir que despreciable se basa en una novela de espionaje que nada tiene que ver con usted o conmigo, Glenda, y precisamente por eso sentí que detrás de esa trama más bien estúpida y cómodamente vulgar se agazapaba otra cosa, impensablemente otra cosa puesto que usted no podía tener nada que decirme y a la vez sí, porque ahora usted era Glenda Jackson y, si había aceptado filmar una película con ese título, yo no podía dejar de sentir que lo había hecho desde Glenda Garson, desde los umbrales de esa historia en la que yo la habla llamado as!. Y que la película no tuviera nada que ver con eso, que fuera una comedia de espionaje apenas divertida, me forzaba a pensar en lo obvio, en esas cifras o escrituras secretas que en una página de cualquier periódico o libro previamente con venidos remiten a las palabras que transmitirán el mensaje para quien conozca la clave. Y era así, Glenda, era exactamente así. ¿Necesito probárselo cuando la autora del mensaje está más allá de toda prueba? Si lo digo es para los terceros que van a leer mi relato y ver su película, para lectores y espectadores que serán los ingenuos puentes de nuestros mensajes: un cuento que acaba de editarse, una película que acaba de salir, y Ahora esta carta que casi indeciblemente los contiene y los clausura.
Abreviaré un resumen que poco nos interesa ya. En la película usted ama a un espía que se ha puesto a escribir un libro llamado Hopscotch a fin de denunciar los sucios tráficos de la CIA, del F.B.I. y del K.G.B., amables oficinas para las que ha trabajado y que ahora se esfuerzan por eliminarlo. Con una lealtad que se alimenta de ternura usted lo ayudará a fraguar el accidente que ha de darlo por muerto frente a sus enemigos; la paz y la seguridad los esperan luego en algún rincón del mundo. Su amigo publica Hopscotch, que aunque no es mi novela deberá llamarse obligadamente Rayuela cuando algún editor de "best sellers" la publique en español. Una imagen hacía el final de la película muestra ejemplares del libro en una vitrina, tal como la edición de mi novela debió estar en algunas vitrinas norteamericanas cuando Pantheon Books la editó hace años. En el cuento que acaba de salir en México yo la maté simbólicamente, Glenda Jackson, y en esta película usted colabora en la eliminación igualmente simbólica del autor de Hopscotch. Usted como siempre es joven y bella en la película, y su amigo es viejo y escritor como yo. Con mis compañeros del club entendí que solo en la desaparición de Glenda Garson se fijaría para siempre la perfección de nuestro amor; usted supo también que su amor exigía la desaparición para cumplirse a salvo. Ahora, al término de esto que he escrito con el vago horror de algo igualmente vago, sé de sobra que en su mensaje no hay venganza sino una incalculablemente hermosa simetría, que el personaje de mi relato acaba de reunirse con el personaje de su película porque usted lo ha querido así, porque solo ese doble simulacro de muerte por amor podía acercarlos. Allí, en ese territorio fuera de toda brújula, usted y yo estamos mirándonos, Glenda, mientras yo aquí termino esta carta y usted en algún lado, pienso que en Londres, se maquilla para entrar en escena o estudia el papel para su próxima película.”

Julio Cortázar (de: “Deshoras”)

Friday, August 14, 2020

Don´t kill, Will (Persecusión de una mujer implacable)

El actor Liam Neeson está sentado en su camioneta, en el estacionamiento del aeropuerto JFK de New York. 


Piensa para sí mismo que es un alcohólico alguacil federal que trabaja en el servicio de policía aérea. Sabe como hacer verosímil su papel en esta película (tan parecido a otras que ha filmado en esta etapa de su carrera).
Me preocupa. Creo que está deprimido. Siempre puedo detectar eso en los hombres de mi vida…
Su personaje se llama William, como él, y ha perdido a su pequeña hijita por un cáncer. No pudo superarlo y arruinó su matrimonio. Ahora enjuaga el cepillo de dientes en el mismo vaso del que va a beber amargamente el líquido que lo mantiene despierto, tras mirar la botella que sostiene en su otra mano. Trata de disimular el aliento con algún spray que se rocía en la boca y camina hacia su trabajo, observando a los que abordarán con él el avión a Londres. Es muy profesional, por supuesto. Y a pesar de ser un pistolero con placa, muy venido a menos, aún conserva cierto encanto que despliega cuando se acerca a una niña que teme subir sola al avión.
Yo sé que esa pequeña le recuerda a la suya, porque ya vi antes: “Non stop[1]”.
Pero no voy a permitir que la historia escale hasta el final de nuevo. No me gustó. Me parece que merece una segunda oportunidad (no me refiero al film, sino a Neeson).
Voy a salvar a este hombre de este bochorno en el que se ha metido. Solo en unos minutos, su personaje se va a encontrar con el de Julianne  Moore, la que se va a sentar a su lado, con la excusa de que quiere viajar viendo por la ventanilla. Me gustaría estar en el lugar de ella… pero sé que no le llamaría la atención. No soy tan bonita y él no es ningún gil. Tengo que hacer algo más drástico.
Lo único que se me ocurre es amenazarlo con que hay una bomba en el avión. Como ya dije, es muy profesional y no le va a quedar más remedio que registrar todo y venir hasta los asientos baratos en los que estoy viajando.
Ahora debe haber recibido mi mensaje de texto…


Debe estar leyendo: “Hello marshal… si no me hace caso, el avión va a estallar en veinte minutos.”
¡Funcionó! Me está contestando: “¿What?”
¡Rayos! No habla castellano. Pero esta es mi versión de la historia. Así que él va a usar el traductor en línea o va a comprender rápidamente (es la magia del cine):
_ ¿Qué pide?
_ Que me preste atención. Es muy importante ¿Tengo su atención ahora?
_ Por supuesto.
_ ¿Leíste “Botella al mar”[2]?
_ ¿?
_ ¿Puedo tutearlo? Si no hace todo lo que le digo, estrello el avión.
_ ¿Cuál es su pedido?
_ No se levante de su asiento. Si se acerca a mí hago estallar esta nave…
_ Tiene mi atención...
_ Esto va aparecer extraño, pero es muy importante. Siendo un intérprete tan dúctil ¿Por qué persistir en hacer estos bodrios? Me gustaría que reflexionemos al respecto.
_ Soy un alguacil… me confunde con otro.
_ No. Sé la verdad. Sé quien sos. Los demás están actuando y no me gustaría interferir en sus incipientes carreras. Solo en la tuya, William.
_ No quiero hablar de eso…
_ No hay opciones. Aprieto el botón y listo. Termino la película acá y se pudre todo.
_ ¡No!
_ ¿Tengo tu atención ahora?
_ Sí…
Caramba. No esperaba que fuese tan sencillo. Siempre pensé estratagemas muy complejas para acceder a este hombre. Nuestras vidas llevan muchos años sin cruzarse. Siempre tuve la sensación de que cuando él camina hacia el oeste, yo hago lo mismo. Si vira para el otro lado, a mí me pasa igual. El problema, es que así no nos vamos a encontrar.
Hollywood nos enseño que los finales felices son posibles, pero la vida es diferente para los que no triunfamos. El glamour escapa a nuestros destinos suburbanos.
¿Cómo explicar este dilema en pocas palabras?
Dije entonces:
_ Osvaldo Soriano era un escritor argentino que para ir a Hollywood se tomó un avión. Pero para meterse en una historia de ficción, que transcurre allí, se convirtió en el personaje de su libro. Yo hice lo propio y en el mío, secuestré a Viggo Mortensen para que hable con vos… pero casi nadie leyó esa historia, así que decidí hacer las cosas de este modo extremo.
_ No comprendo… si es fan, yo no tengo problema en que nos saquemos una foto y en firmarle un autógrafo. Se que a él no le gusta mucho la exposición.
_ Sí, pobre. Esa vez lo pasó mal. Lo que cuento en mi texto, es una versión de lo que sucedió en ese encuentro. Pero no es ese el tema. Esto que tenemos que hablar es muy personal y tal vez me estoy excediendo en la confianza…
_ Volar un avión no está bien…
_ ¡Andar a los tiros en todas las películas tampoco!
_ ¡Es mi trabajo!
_ Pero es un mal ejemplo para la juventud. Antes tirabas menos tiros y tus personajes eran más parecidos a la gente común…
_ Pero ahora me llaman para estos…
_ ¡Yo escribí algo mejor! Soy guionista, pero no triunfé. La culpa es de Viggo que no te alcanzó ese libreto.
_ ¿Le dio un guión para mí a otro actor?
_ Sí. En el 2008.
_ ¡Uf!
_ Es una pena. Hasta ahí venías bien…
_ Sí, es cierto…

Y en este punto sufro. No sabía lo que iba a pasar en la vida de este señor en esa época, pero fue como si lo hubiese pronosticado. Intuyo que sus papeles posteriores tienen mucho que ver. Espero equivocarme.

Voy a lanzar mi botella al mar como hizo Julio cuando le escribió esa historia genial a su admirada Glenda:
_ Como diez años antes de eso (o un poco más), yo no estaba pasando el mejor momento de mi vida, cuando en la televisión pasaron una película tuya que me conmovió profundamente. Eras un minero desempleado que no se resignaba y terminaba arruinando su vida. Me vi reflejada en la protagonista de esa historia y ese tipo (que no era el que tenía en casa, pero hacía las mismas estupideces), comenzó a ser mi inspiración.
Y después pasaron una tras otra, películas en las que eras un escocés heroico, un artista que se enamora de una madre que es obligada a dejarlo, otro que defiende a su hijo y va preso por él, otra en la que fuiste un médico que deja todo por una paciente a la que quieren hacer pasar por desquiciada para quedarse con su propiedad…
_ Hola… ¿Me puedo sentar?
_ ¡Te advertí que iba a hacer volar este avión si te levantabas del asiento!
_ Es la hora del catering. Los demás se fueron a almorzar.
_ No me había dado cuenta…
_ Estabas muy ocupada escribiendo.
_ Siempre me pasa. Me evado de mi propia realidad…

Me sonrió y me sentí una pavota. Supe que no iba a poder decirle lo que tenía que contarle. También me pasa siempre. Por eso empecé teatro, para poder tener esa repentización que debí esgrimir en cada ocasión en la que quedé muda y perdí alguna oportunidad que valía la pena.
Trató de ser gentil:
_ Mi personaje en esta película se parece a los que hacías referencia…
_ Tu actuación siempre es creíble. Te creo más ahora que antes. Eso me preocupa.
_ No entiendo…
_ Yo sabía que estaba deprimida cuando veía esas películas en las que actuabas. Ahora, tantos años después, pienso que estás deprimido y elegís estas películas para trabajar sin descanso. Pero a veces parece que no estás actuando.
_ Trabajo sin descanso…
_ Había pensado tirarte una máquina de escribir en la pierna para inmovilizarte, había pensado en saltar del avión llevándote atado a mí…
_ ¿Arruiné todo viniendo por mi propia voluntad?
_ Y sí. La verdad que sí.
_ Bueno, perdón.  No fue mi intención. Te pido mil disculpas.
Se levantó y se fue.

Soy una boluda.
No tengo mi foto con Viggo ni con Neeson.
A Viggo me lo puedo cruzar alguna vez por Buenos Aires y sé que es macanudo (y si quisiera una foto con él o un autógrafo, me lo daría). Pero a Liam lo tengo que escribir. Es la única manera.
Lamento tanto no haberle dicho lo que le quiero decir…
Espero estar a tiempo de encontrarlo todavía. Tal vez de invitarlo a mi cumpleaños. Se que él también tiene uno ese día. Las fechas de nuestros eventos familiares coinciden y siempre me llamó la atención.
Por ahí eso no es lo importante.
Lo único que importa es que sepa lo mucho que me ayudó su existencia.
Y que lo amo.

Salí hacia el pasillo, justo donde se acaba la magia del séptimo arte y comienza el backstage, pude pispiar a Viggo. 

Me ofreció un mate, sonriendo con complicidad, como si estas cosas le pasaran todos los días. Le dije:
_ Tenés un look juvenil. No entiendo por qué si ustedes rejuvenecen, a mi no me pasa. Capaz por eso él no repara en mí. No se porta como un galán…
_ Nosotros estamos dentro del film (fijate que éste, lo hicimos hace mucho tiempo), como el explorador aventurero de: “La Rosa Púrpura el Cairo”. Vos venís a ser una mortal. Capaz él no se da cuenta y como está laburando, no entiende que estás colada en cada película. Te va a hacer mal.
_ Vos no le explicaste… yo te lo pedí, con la confianza que me daba ser compatriotas e hinchas del mismo club.
_ Pero no leí lo del pen drive… o no lo habré entendido, me hubieras explicado.
_ No me salió. Me dio vergüenza. Sabía que si lo escribía, estaría claro. Tengo un problema de comunicación. Por eso escribo, justamente por no poder hablar con la gente.
_ Bueno, ahora cuando me lo cruzo le digo. Quedate por ahí, tranqui. 
En un rato aparece de nuevo en esta película, estos son los camarines de “Rubí Cairo[3]”.
_ Ya sé. Yo la elegí. Me voy a meter en la última escena, en lugar de Andie MacDowell ¿La podrías distraer un ratito?
_ Sólo porque sos de San Lorenzo.

Y gracias a ese gesto solidario (en el momento en que suplanté a “la chica”, que está de regreso en su barrio suburbano jugando baseball en familia, en plena calle), le dí un batazo a la bola que Neeson atrapa. Pero en lugar de sonreírme como solía hacer con la ya mencionada Andie, se quedó como cortado. 


Se oyó: “¡Corte!” y los de seguridad me acompañaron a la salida.
Esta vez, encaré hacia el pasillo del cine y traté de no llorar. El tiempo es tirano y no puedo perderlo. Es ahora o nunca.

No pude más que esperar el inicio de otra película. Esa ya no se va a volver a proyectar.
Lamentablemente, está por empezar una de las que no me gustan. La del tren: “El pasajero[4]”. Que es como la del avión. O eso creo. Esta ni me tomé el trabajo de mirarla. Ya con ver el afiche, se que él va a estar en el andén con un chumbo. 

Pensé que lo mejor era ir al lado de la pantalla y esperar el momento propicio para acercarme como si nada, y retomar nuestra charla anterior. Este film es contemporáneo, así que no voy a tener que andar explicándole quien soy. Por las dudas, me quedé cerca de la pantalla y traté de colarme antes de que empiece la balacera. De entrada, él parece un señor normal que viaja en tren a diario, y para que no desconfíe de mí, me lo crucé varias veces, como hacían los otros extras, que iban y venían. En un momento, y cuando la cosa ya se estaba poniendo brava, noté que me miró de reojo. Parpadeó y trató de contener un suspiro, como esos en los que se cuenta hasta diez para no lanzar una andanada de epítetos de los que después nos arrepentimos. Me dijo despacio, manteniendo la calma con notoria dificultad:
_ ¿Otra vez? Estoy trabajando…
Me dio un poco de pena su mirada de angustia. Entonces le confesé:
_  Esto no es la vida real ni un mal sueño que estás padeciendo. Digamos que estás preso en esta catarata de largometrajes que se proyectan este fin de semana. Este complejo de cines va a cerrar por la crisis económica y nos permitieron hacer este evento final. Soy la organizadora. Mi nombre es Sandra Bulnes, la que eligió las películas buenas. Le tendí la mano y tuvo que pasar su arma a la otra, para darme la suya, confundido.
_ ¿De qué evento se trata?... Nadie me informó.
_ Soy miembro de la comisión de un centro cultural barrial. Doy clases de historia del cine, pero hay otro “colega” que da un taller similar, en el que analizan las de acción. Estoy tratando de sabotearlo, ya que creo que eligió muy mal las que le tocaban, y usted (lamento reconocerlo), le ha dado mucho material.
_ ¿Está entrando en todas mis películas para arruinar a su rival?
_ En principio sí, pero me interesa más salvar su carrera y liberarlo de esta responsabilidad, que yo considero histórica.
_ Necesito salvar este tren ¿Le parece poca responsabilidad, la que cargo?
_ ¿Si me quedo fuera de cámara, me permitirías unas palabras al finalizar tu importante misión?
_ O. K.


Volví a esa frontera imaginaria que está tras lo que no toma la cámara, y esperé con paciencia que este muchacho se deslome por esos desconocidos, los que viven momentos tremendos mientras el tren es sometido a las desventuras más espectaculares. En el fragor del descarrilamiento, perdí de vista a Neeson y un señor de seguridad me invitó a moverme “hacia fuera”, para no ser alcanzada por la catástrofe ferroviaria.
¡Rayos! ¿Cómo pude caer de nuevo en esa trampa hollywoodense?
No debí permitir que me tomen el pelo así…
Mis intenciones eran nobles, pero ahora esto se tornó aún más personal.

La próxima que se exhibe, es una con mi tocaya: Sandra Bullock, quien tiene que manejar un bondi a toda velocidad, mientras keanu Reeves le dice que si levanta el pie del acelerador, se pudre todo. La película se llama: “Speed[5]” y no me parece la gran cosa, ni que sea mejor que las que le critico a Liam… pero tal vez, Keanu haga honor a su fama de buenazo y me auxilie. 


Se lo planteé directamente mientras se proyectaban los títulos. El me comprendió perfectamente y le explicó, primero a Sandra (que resultó ser una divina y, como trabajó con este hombre con el que tengo que hablar, se plegó a mi causa), fue a hablarle a Sir William, quien se preparaba para otra película. Eso me dio la oportunidad de tomar el lugar de ella como chofer en el bus, y cuando Neeson reemplazó a Keanu, por un momento… pudimos ser la pareja sustituta, en lo que se proyectaba frente a los desconcertados espectadores.
Me pregunto por qué no habré elegido una de amor. Y me respondo: “Ya dije antes que soy una pavota”.

El trataba de seguir, de la forma más fiel posible, las líneas del actor que reemplazaba, mientras yo, hacía lo propio intentando explicarle en medio de semejante empresa, que me he pasado mi carrera de guionista escribiendo para él. Como notaba que lo nuestro seguía sin funcionar, exclamé consternada:
_ ¡Será de Dios! ¿Podrías dejar de ser tan profesional por un momento?
_ ¡Señora! ¡El público vino a ver esta película!
_ ¡El público merece mejores películas! ¿Cómo “señora”?
Oí de nuevo la fatídica palabra del día: “¡Corte!”
Y de nuevo quedé afuera del decorado.
Sé que el cine es una mentira, pero no soporto más este desprecio…
Se me acaban las oportunidades. No puedo creer que esto, al final, sea más difícil que cruzarme a este tipo en la vida real.
Está creando un monstruo…
No pienso ceder. Si quiere guerra, la tendrá. Grité para dentro, con furia contenida: “¡Yo soy la víctima!”
Y me encaminé hacia el camarín de Uma Thurman, para ponerme con un poco de dificultad, su atuendo amarillo de: “Kill Bill[6]”.

Reaparecí (esta vez con una catana en la mano) y “le disparé” a mi esquivo héroe, con enojo genuino, al cruzarlo tras bambalinas:
_ No me dejás otra opción que romperte una gamba…
_ ¡No! ¡Cálmese!
_ Tenemos que hablar…
Dejé el enorme sable a un lado, y él pareció relajarse. Pero dudé… sospeché que no se rendiría de verdad. Así que cuando se acercó sonriéndome, le arrojé la máquina de escribir que estaba a mi lado, en la rodilla. Aunque fallé, él gritó. Fue una queja, más que un grito en sí mismo. No quiero hacerlo pasar por un histérico o un tipo débil, pero le dí en el tobillo y le dolió igual. Es un aparato antiguo (la máquina de utilería) y pesa mucho:
_ Auch!
_ ¿Viste “Misery[7]”? La de la señora que secuestra al escritor. Me pareció que era la que más me representaba de todas las películas. No quería llegar a esto.
Te dije que no mates más, Will… para eso te traje mis guiones. Vamos a leerlos juntos, y cuando te recuperes vas a volver al gran cine.
Es un acto de amor. Ya lo vas a comprender.
_ ¿Me rompe la pierna por amor? Si yo se lo hiciera a usted, me acusarían de violento, misógino…
_ Bueno, no es para tanto. Ya te va a crecer otra… Es un chiste. No me vengas con problemas de género.
_ Me acusaron de racista…
_ ¿Me podrás prestar atención antes que termine el evento? “¿Tengo tu atención ahora?”
_ Si no queda más remedio…
_ Mis guiones han ido mejorando, el último, de verdad es el mejor. Y ni siquiera necesitás la pierna.
_ ¿Es un paralítico en una película que no es “de acción”?
_ No. En realidad, mientras la leés y hacemos la pre producción, te tendrías que curar… la acción es intensa.
_ Pero sin tiros…
_ Algunos tiros vas a tirar.
_ Pero no mato a nadie…
_ Solo una persona, al inicio. Son tiros muy certeros, la verdad…
Me miró entre enojado y risueño y me empecé a poner nerviosa, por esto que ya mencioné, de que prefiero que lean lo que escribo antes que explicar. No es lo mío. Me ganan siempre. Con algo de sorna, al ver que bajé la guardia, agregó:
_ ¿Entonces?
_ Mataron a tu esposa y estás re alterado…
_ ¡Es “Taken II[8]”!
_ ¡NO! ¡Esa no!
_ Todas las películas son iguales ¿No te das cuenta?
_ ¡No! Esta es re original. Tiene una vuelta de tuerca como: “Under suspiction[9]”
_ “¡Qué original!”
_ Es un homenaje al buen cine… es difícil de explicar sin que lo leas. Porfi… en un rato se acaba este festival. Y el único espacio de cine en el que pude tener la manija alguna vez.
Es como una metáfora de mi vida.
Mañana todo volverá a ser como siempre. Como nunca debió haber sido.
Solo es otra causa noble más a la que adherí con pasión y en la que fracaso.
Perdoná.
Y cuando me disponía a dejarlo, vencida, me dijo:
_ Lo que sí me resultó curioso es lo de la fecha de tu cumpleaños…
_ ¿Viste? Y la tuya casi, casi, coincide con la de mis pibes. Así que siempre estamos celebrando los mismos días del año. A veces, mientras preparo la torta en esos días, te imagino haciendo lo mismo. Bueno, me imagino que vos las encargarás… yo siempre trato de ahorrar gastos.
_ ¿Y qué edad tienen los tuyos?
_ La misma que los tuyos…
_ ¡Jodeme!

No quisiera decir que me la he pasado pensando en eso mismo, para no terminar con una guasada este relato (pero con este doblaje, argento, me resulta casi imposible). Nada me haría más feliz…
Y adoro los finales felices.



THE END



María Elsa Rodríguez






[1] Dirigida por: Jaume Collet-Serra
[2] Cuento de: Julio Cortázar
[3] Dirigida por: Graeme Clifford (en el original: “Deception”)
[4] Dirigida por: dirigida por Jaume Collet-Serra (en el original: “The commuter”)
[5] Dirigida por: Jan de Bont
[6] Dirigida por: Quentin Tarantino
[7] Dirigida por: Rob Reiner, basada en la obra de Stephen King
[8] Dirigida por: Olivier Megaton
[9] Dirigida por: Simon Moore

About Me

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María Elsa Rodríguez nació en San Miguel (Buenos Aires, Argentina) en 1966. Supo que lo suyo no eran las obtusas matemáticas, y que los sueños la movilizaban más que la realidad. Estudió Cinematografía, Fotografía, Bibliotecología y Archivística (áreas estas dos últimas en las que desarrolló su labor profesional los últimos años, sin dejar de seguir ampliando en talleres, su interés por la dramaturgia y la literatura). Estrenó obras en teatro, publicó cuentos y su primera novela. Desde entonces, comparte algo de su material en los sitios que administra en la Web: • https://artistinconcluso.blogspot.com/ • http://unadextranjerosenyankilandia.blogspot.com/ • http://ailaviuforever.blogspot.com/ • https://www.facebook.com/Libros-para-olvidar-la-editorial-de-los-libros-perdidos-984324104963181/