"Cada hoja es todas las hojas del innumerable Arbol de los Relatos"
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Sunday, October 18, 2009

Escasez de viajes...

"Por culpa de la escasez de rinocerontes", Les Luthiers nos narra este bonito narramiento:

http://www.youtube.com/watch?v=183_qkh8Obg

Dicen que es bueno que podamos sacar de lo que nos falta, algo positivo.

Bueno, en este caso, escribí esta narración para un concurso que pedía: "cuentos de viajes"

Solo salí dos fines de semana en 17 años... ya que mi consorte de entonces, no era muy viajero y yo aún era muy solidaria "y debía" acompañarlo a lo largo de toooooooooda su depresión porque de lo contrario cumpliría su repetida promesa de suicidarse por mi culpa.

De esas épocas nefastas es este cuentito abominable:


"Historia de un viaje accidental al exterior..."
(Derecho de Autor, Exp. Nº: 634718)

"Sucedió el siglo pasado... en un oscuro período entre los gobiernos de Alfonsín y Menem, si mal no recuerdo. Hasta la tragedia provocada por la xenofobia, todo parecía ser una joda como cualquier salida con amigos en los dorados años de firmeza y tonicidad muscular. Los últimos tiempos, me he retirado por propia decisión (lo confieso con pesar), a las zonas montañosas que me permiten ocultar la fofez de mis partes del oprobio que me genera la playa, las termas y las comparaciones odiosas de alguna gente.
Entonces, mi cuerpo y yo éramos diferentes. Aún no sabía que mi marido no era ocurrente y pintoresco, sino que estaba chiflado lisa y llanamente. ¡Cuanta inocencia!. No podía ni jugar al tejo en la arena siquiera... se me perdían invariablemente los círculos voladores de madera verde, una y otra vez, demorando cómicamente el juego, hasta que ya no pudimos seguir por falta de demasiadas piezas. Pero nos reíamos de mi torpeza... ¡Estábamos tan bien!. Todo era alegría. La cuestión es que éramos tan jóvenes y despreocupados que en pleno viaje a Mar del Tuyú, llegamos a Entre Ríos... cosa curiosa, ya que no veníamos del sur patagónico, subiendo por la Ruta 3. Sino más bien todo lo contrario, arrancamos del Gran Buenos Aires para el sur, pero tal vez una rotonda mal señalizada o la falta de sueño reparador, o que nuestros amigos Ale y Oscar estaban podridos de reparar la casa donde nos alojamos al llegar a la costa. La cuestión fue que debimos migrar al norte y terminamos en lo de unos parientes de otro amigo, en Concepción del Uruguay.
La verdad, que mi media naranja era de esconder cosas, como esto del lamentable estado del sitio al que nos llevó y de la fobia. Una vez guardó los “Australes” que ahorraba en una bolsa de nylon y los enterró en la huerta del fondo, con la esperanza de que eso le impidiera gastarlos y yo fuera la reina del hogar que construiríamos con la ganancia... pero mi suegro, sin saberlo, alquiló el terreno a una familia boliviana que lo usaba para la producción de hortalizas. La cosa terminó mal. No encontramos el dinero. Los bolivianos alegaron que quizás se habría desintegrado el papel por la humedad del suelo... lo que la bolsa de plástico hubiera impedido, según gritaba mi “casi husband” de entonces mientras su madre, hermano y yo tratábamos de que no liquide a los impasibles inquilinos, presa de la desesperación que le provocaba su estado de nervios.
El tiempo le permitió consolarse de alguna manera, al ver que cambiaba la moneda de nuevo y podía volver a juntar moneditas en una lata. Yo no tuve consuelo al no poder reinar en lo de mamá donde nos tuvimos que quedar, ante la imposibilidad de hacer nuestro nidito de amor en otro lado. Tal vez de allí su inexplicable fobia ante el extranjero... y su permanente deseo de no gastar. Por eso fuimos a esa casa que nos prestaron en la playa. Ya Ale y pareja ponían el auto, nosotros teníamos que ofrecerles el techo... que lamentablemente se llovía. paradójicamente no había agua en las cañerías. Eso lo supimos una vez que logramos ingresar. Tuvimos problemas de entrada con la cerradura y también con la luz. Lamentablemente llegamos de noche... pero el alumbrado público nos iluminó bastante bien mientras arreglaban los tapones y destornillaban la puerta de madera del frente, que finalmente cedió y pudimos instalarnos.
Nosotros ya estábamos acostumbrados a las incomodidades que mi vieja nos brindaba, así que no lo pasábamos tan mal. En cambio Oscar, al tercer día, cansado de trabajar en vacaciones y, tras no haber podido disfrutar tampoco de mis pastas pegoteadas (yo aún no sabía cocinar, de hecho no pude aprender, traumatizada por ese recuerdo), nos invitó a un lugar donde no estaba lloviendo según el pronóstico meteorológico. Se veía él como un fóbico en ese momento...
Dimos un verdadero giro, que nos llevó a Entre Ríos. En el camino, la lluvia dio paso al fresquete. Por suerte, nos divertíamos de lo lindo. Mientras Ale y yo cantábamos los temas de Copani en el asiento de atrás, un grito de mi marido nos sorprendió. El conductor, lo había golpeado mientras aullaba desencajado: “tengo desempañador”. Claro, nosotros no teníamos, o no le funcionaba a nuestro coche. El auto en su totalidad no andaba, por eso viajábamos en el Fiat Europa impecable de los chicos. Se ve que “my darling” quiso limpiar a mano el parabrisas... para ayudar en algo.
Al llegar, nos recibió el tío de nuestro amigo, un tipo muy jodón. Mi esposo, también lo era todavía: “¿El cabezón vino en el fitito?”, le preguntó al buen hombre, quien desconcertado, respondió que no... ¿Para qué querría un autito tan chico semejante pedazo de hombre?. Mi marido remató: “¡Para usarlo de casco cuando anda en moto!”.
Parecía estar bien... todo parecía encauzarse, pero viraría inexorablemente para el lado oscuro. Conocimos la playa que los locales consideran su orgullo. No existía Botnia aún y, a propósito, ahora se me ocurre curiosamente que decir “Argentina y Uruguay”, es como nombrar “Inglaterra e Irlanda”... sin rencores mutuos, con una historia en común que nos hermana, un canal de agua en medio que nos une más que separarnos... ¡Cuantas coincidencias!. Pero mi hombre no lo veía así... temía que no era buena idea cruzar el charco a comprar boludeces. En esa época, el cambio nos favorecía y a los demás les encantó la propuesta. El tío ya había pasado varios televisores, sentado sobre ellos, en lugar del asiento del conductor... de más está decir que los muchachos que vigilan el puente, eran de lo más campechanos y no revisaban mucho. Esposo mío daba muestras de un humor cada vez más particular. No se si es que a mi me irritaba su actitud (lo veía rascarse la cabeza en una postura netamente infantil), o porque imaginó una tele de 14 pulgadas atascada en el traste del gordo y se lo espetó groseramente (lo que al otro lo hizo desternillar de risa). Tal vez, cuando se acercó mal predispuesto a empujar un auto que se había quedado entorpeciendo el tramite en la aduana, en plena entrada al puente... debí darme cuenta de lo que nos esperaba. El gendarme se acerca y le dice: “¿No me da una mano maestro?”. Lo miró serio y replicó sarcástico: “¿Cuál querés?”.
Los demás rieron, pensando que estaba de buen humor... yo sabía que no era docente y me di cuenta que también me rascaba mucho, como el resto del grupo, ajeno a mis cavilaciones. Uruguay le gustaba menos que la idea de volver a pasar por un puente tan largo con tantos litros de líquido corriendo por debajo. Me lo comentó con mala cara, como si fuera mi culpa que estuviese en esa situación. Entonces recordé que se bañaba de manera particular. Primero el cuerpo descalzo hasta el cuello y luego, al salir se lavaba la cabeza... en el lavatorio. Comencé a sospechar que le había entregado mi destino a un roñoso, piojoso y mal parido. Me puse a hacer cuentas, para ver si ya había vencido la garantía... ¡Y si!. Hacía más de un año. Ya no lo podía devolver.
Al rato, la banda que nos llevaba de aquí para allá, decidió quedarse a pasar el resto del día en las termas de Guaviyú. Ese al que la ley me unía “no dijo ni mu”. Noté su descontento durante el resto de la velada... todos nos metimos a las piletas excepto él, alejado por miedo que quisieran tirarlo al agua. Permaneció vestido de pies a cabeza con el pantalón largo de su equipo de gimnasia de poliéster azul (cerrado hasta el cuello), cociéndose al sol. Éramos tan diferentes... en un momento salí para ver si se ponía un poco las pilas y me invitó a caminar. No le gustaba el lugar. Mucho coche importado, mucho sol, muchos piojos, muchos uruguayos. A mi me dio como pena... le expliqué con lo que me quedaba del cariño que unas horas antes sentía por él, que estábamos, efectivamente del otro lado de la frontera. Se ofendió y discutimos acerca de mi falta de lealtad para con él y sus manías. ¿Cómo podía ponerme del lado de esos extranjeros?. Ya una vez nos habían estafado “los del gran país del norte”. Me descolocó, por un momento, el muy vil. Esperé, astutamente para ver que tramaba. Yo solo conocía un par de extranjeros. Mi mamá, que era tana y la vieja gallega de al lado, pero no de Estados Unidos... “¡Los bolivianos que me cagaron!”, gruñó ya bastante molesto. Me quedé muda, lo que aprovechó para seguir furibundo quejándose de mi obtusa postura. Estaba sintiéndome un poco mal por la decepcionante forma en que se estaba presentando la cosa. El sol pegaba fuerte a esa hora y se ve que mi rostro lo terminó conmoviendo. Me invitó una bebida fresca a la sombra. En el local no le quisieron recibir la plata argentina, por lo que se la agarró entonces con el que atendía, empecinado con que el tipo lo sobraba. El empleado se mantuvo firme y le mostró que enfrente, le cambiaban los billetes. Cruzamos a un puesto en el que vendían canastos de mimbre. Misma historia. Se los tomaban si compraba algo... que él no quería. Opiné que uno de los cestos estaba buenísimo, para terminar con la cuestión y me dieran algo de tomar. Fue el acabose... me acusó de traidora, imperialista: “¡Roja!” me gritaban unos que no distinguí entonces, pero que resultaron ser nuestros amigos enganchándose en la trifulca, al creer que era en broma. Casi van todos en cana por el lío que se armó. A mi me llevaron a la enfermería, estaba insolada, colorada como un tomate, cansada, deprimida y no me dieron mi gaseosa. Pero me compraron el canasto. A la hora de volver tuve que decidir entre el dichoso coso de mimbre y el otro coso... no había lugar para llevar a los dos.
Prefería el cesto, la verdad. Pero el resto del grupo pensó que se me iba a pasar y ese hombre que me acompañaba no quería quedarse en un país limítrofe. Lo ataron al techo (al canasto), y volvimos hasta el lado argentino, donde nos separamos. El tío y el cabezón siguieron para su casa. Ale y Oscar decidieron súbitamente ante nuestra poco amigable compañía, seguir viaje a Misiones... artos de nosotros. Nos dejaron en un hotel para que nos reconciliáramos y para que les cambiara la suerte. Yo dormí con mi regalo (que aún conservo y al que bauticé “Consuelo”) y mis piojos. El se fue a su cuarto con los suyos."
María Elsa Rodríguez

Thursday, September 03, 2009

Esto no es un homenaje...

Hoy leí que Seineldín murió.
Si, nadie es eterno, por suerte.
Este personaje, era un carapintada.
No niños... no es lo mismo que una vedette como Zulma Lovato o una vendedora de cosméticos.
Era un señor que se alzó contra la democracia y se tapaba la cara con una pomada que los soldados usan para ocultarse. ¿Por vergüenza?
Capaz.
No se.
Yo no los entiendo.
Y eso que a mi en la escuela me enseñaban a amar a los soldados de la Patria. Porque Patria se escribía con mayúscula, como Proceso de Reorganización Nacional...
Eso, era algo que con el tiempo aprendí a odiar.
Como Osvaldo Soriano aprendió a detestar el peronismo que en el aula le enseñaban a amar.
No crean en todo lo que algunos docentes les inculcan.
Los maestros son personas y hay personas que se creen semidioses y se lo toman tan en serio... pontificando con tanta behemencia que, al final, por creer que saben más que el mismo Dios, terminan "tontificando" como si fueran los subalternos del Demonio.
Descrean de lo que no les parece justo...
Y sean ustedes mismos aunque les digan que es una locura no ser igual que los demás.
En nombre de tanta cordura hoy estamos como estamos.
Yo igual, como siempre digo: no me resigno a que todo quede para siempre mal.
Ya vendrán tiempos mejores.



"Aquel peronismo de juguete"

"Cuando yo era chico Perón era nuestro Rey Mago: el 6 de enero bastaba con ir al correo para que nos dieran un oso de felpa, una pelota o una muñeca para las chicas. Para mi padre eso era una vergüenza: hacer la cola delante de una ventanilla que decía 'Perón cumple, Evita dignifica', era confesarse pobre y peronista. Y mi padre, que era empleado público y no tenía la tozudez de Bartleby el escribiente, odiaba a Perón y a su régimen como se aborrecen las peras en compota o ciertos pecados tardíos. Estar en la fila agitaba el corazón: ¿quedaría todavía una pelota de fútbol cuando llegáramos a la ventanilla? ¿O tendríamos que contentarnos con un camión de lata, acaso con la miniatura del coche de Fangio? Mirábamos con envidia a los chicos que se iban con una caja de los soldaditos de plomo del general San Martín: ¿se llevaban eso porque ya no había otra cosa, o porque les gustaba jugar a la guerra? Yo rogaba por una pelota, de aquellas de tiento, que tenían cualquier forma menos redonda. En aquella tarde de 1950 no pude tenerla. Creo que me dieron una lancha a alcohol que yo ponía a navegar en un hueco lleno de agua, abajo de un limonero. Tenía que hacer olas con las manos para que avanzara. La caldera funcionó sólo un par de veces pero todavía me queda la nostalgia de aquel chuf, chuf, chuf, que parecía un ruido de verdad, mientras yo soñaba con islas perdidas y amigos y novias de diecisiete años. Recuerdo que ésa era la edad que entonces tenían para mí las personas grandes.
Rara vez la lancha llegaba hasta la otra orilla. Tenía que robarle la caja de fósforos a mi madre para prender una y otra vez el alcohol y Juana y yo, que íbamos a bordo, enfrentábamos tiburones, alimañas y piratas emboscados en el Amazonas pero mi lancha peronista era como esos petardos de Año Nuevo que se quemaban sin explotar.
El General nos envolvía con su voz de mago lejano. Yo vivía a mil kilómetros de Buenos Aires y la radio de onda corta traía su tono ronco y un poco melancólico. Evita, en cambio, tenía un encanto de madre severa, con ese pelo rubio atado a la nuca que le disimulaba la belleza de los treinta años.
Mi padre desataba su santa cólera de contrera y mi madre cerraba puertas y ventanas para que los vecinos no escucharan. Tenía miedo de que perdiera el trabajo. Sospecho que mi padre, como casi todos los funcionarios, se había rebajado a aceptar un carné del Partido para hacer carrera en Obras Sanitarias. Para llegar a jefe de distrito en un lugar perdido de la Patagonia, donde exhortaba al patriotismo a los obreros peronistas que instalaban la red de agua corriente.Creo que todo, entonces, tenía un sentido fundador.
Aquel 'sobrestante' que era mi padre tenía un solo traje y dos o tres corbatas, aunque siempre andaba impecable. Su mayor ambición era tener un poco de queso para el postre. Cuando cumplió cuarenta años, en los tiempos de Perón, le dieron un crédito para que se hiciera una casa en San Luis. Luego, a la caída del General, la perdió, pero seguía siendo un antiperonista furioso.
Después del almuerzo pelaba una manzana, mientras oía las protestas de mi madre porque el sueldo no alcanzaba. De pronto golpeaba el puño sobre la mesa y gritaba: "¡No me voy a morir sin verlo caer!". Es un recuerdo muy intenso que tengo, uno de los más fuertes de mi infancia: mi padre pudo cumplir su sueño en los lluviosos días de setiembre de 1955, pero Perón se iba a vengar de sus enemigos y también de mi viejo que se murió en 1974, con el general de nuevo en el gobierno.
En el verano del 53, o del 54, se me ocurrió escribirle. Evita ya había muerto y yo había llevado el luto. No recuerdo bien: fueron unas pocas líneas y él debía recibir tantas cartas que enseguida me olvidé del asunto. Hasta que un día un camión del correo se detuvo frente a mi casa y de la caja bajaron un paquete enorme con una esquela breve: 'Acá te mando las camisetas. Pórtense bien y acuérdense de Evita que nos guía desde el cielo'. Y firmaba Perón, de puño y letra. En el paquete había diez camisetas blancas con cuello rojo y una amarilla para el arquero. La pelota era de tiento, flamante, como las que tenían los jugadores en las fotos de El Gráfico.
El General llegaba lejos, más allá de los ríos y los desiertos. Los chicos lo sentíamos poderoso y amigo. 'En la Argentina de Evita y de Perón los únicos privilegiados son los niños', decían los carteles que colgaban en las paredes de la escuela. ¿Cómo imaginar, entonces, que eso era puro populismo demagógico?
Cuando Perón cayó, yo tenía doce años. A los trece empecé a trabajar como aprendiz en uno de esos lugares de Río Negro donde envuelven las manzanas para la exportación. Choice se llamaban las que iban al extranjero; standard las que quedaban en el país. Yo les ponía el sello a los cajones. Ya no me ocupaba de Perón: su nombre y el de Evita estaban prohibidos. Los diarios llamaban 'tirano prófugo' al General. En los barrios pobres las viejas levantaban la vista al cielo porque esperaban un famoso avión negro que lo traería de regreso.Ese verano conocí mis primeros anarcos y rojos que discutían con los peronistas una huelga larga. En marzo abandonamos el trabajo. Cortamos la ruta, fuimos en caravana hasta la plaza y muchos gritaban 'Viva Perón, carajo'. Entonces cargaron los cosacos y recibí mi primera paliza política. Yo ya había cambiado a Perón por otra causa, pero los garrotazos los recibía por peronista. Por la lancha a alcohol que casi nunca anduvo. Por las camisetas de fútbol y la carta aquella que mi madre extravió para siempre cuando llegó la Libertadora.
No volví a creer en Perón, pero entiendo muy bien por qué otros necesitan hacerlo. Aunque el país sea distinto, y la felicidad esté tan lejana como el recuerdo de mi infancia al pie del limonero, en el patio de mi casa."

Osvaldo Soriano: "Aquel peronismo de juguete", de: "Cuentos de los años felices". Editorial Sudamericana. Buenos Aires, 1993. ISBN 950-07-0905-8

Thursday, June 11, 2009

"Un pequeño infierno florido"

Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda al reloj

Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el reloj, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca, suizo con áncora de rubíes; no te regalan solamente ese menudo picapedrero que te atarás a la muñeca y pasearás contigo. Te regalan -no lo saben, lo terrible es que no lo saben-, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca. Te regalan la necesidad de darle cuerda todos los días, la obligación de darle cuerda para que siga siendo un reloj; te regalan la obsesión de atender a la hora exacta en las vitrinas de las joyerías, en el anuncio por la radio, en el servicio telefónico. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia de comparar tu reloj con los demás relojes. No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj.


Instrucciones para dar cuerda al reloj

Allá al fondo está la muerte, pero no tenga miedo. Sujete el reloj con una mano, tome con dos dedos la llave de la cuerda, remóntela suavemente. Ahora se abre otro plazo, los árboles despliegan sus hojas, las barcas corren regatas, el tiempo como un abanico se va llenando de sí mismo y de él brotan el aire, las brisas de la tierra, la sombra de una mujer, el perfume del pan.
¿Qué más quiere, qué más quiere? Átelo pronto a su muñeca, déjelo latir en libertad, imítelo anhelante. El miedo herrumbra las áncoras, cada cosa que pudo alcanzarse y fue olvidada va corroyendo las venas del reloj, gangrenando la fría sangre de sus rubíes. Y allá en el fondo está la muerte si no corremos y llegamos antes y comprendemos que ya no importa.

Julio Cortázar

Sunday, November 30, 2008

Lo que le pasó a Natalia...



La última vez que vi a Natalia, la traían como a “Hannibal Lecter”, esposada y entre dos enfermeros o policías, no sé. Me encandilaba un poco su mameluco rojo de presidiaria yanki. Tenía una campera imaginaria, algo caída a mitad de brazos, que dificultaba sus movimientos y contra la que luchó hasta último momento. Gritaba: “¡La campera, la campera! ¿Me acomodás la campera?” a los tipos que la dejaron ahí. Y seguía: “Ni bola que me dan... ¡Ya van a ver!... Le voy a contar al Juez, que no es mi amigo...” Hizo una pausa. “¡Se ríen!... escucho voces...” decía como extraviada.
Luego, empezó a hablar un poco más calmada, mirando hacia un lado, como si alguien estuviera allí para escucharla: “Querido Sr.Juez”... dudó, por un instante y prosiguió firme: “¡No!: Sr. Juez, a secas. Yo juré decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. Y usted me juzga”. Miró alrededor, ofendida: “¿Se ríen? Todos se ríen de mi discapacidad... bueno: SE REIAN. Porque antes yo era gangosa. Pero al final fui a un foniatra que me curó”. Volvió a detenerse para quejarse (sin dejar de hablar como una gangosa en ningún momento): “¿Se ríen?. Lo que no me curó son las voces en mi cabeza, escucho voces en mi cabeza... pero suenan claritas. No son gangosas”. Estuvo otro momento, como perdida en su mente, y después agregó: “¿Podés subir la radio así nos reímos todos?” gritando hacia afuera, furiosa a los que la depositaron en ese sitio. “La gente es mala”, afirmó convencida y siguió:
“Ahora se ocupan de juzgarme... ¡Pero ya me habían juzgado antes! ¡Por gangosa!”. Comenzó a lloriquear y a enfurecer: “¡Miserables!... ¡Qué calor! ¡La campera!... ¿Me sacás la campera?”. Y tras eso se revolcó furiosa tratando se sacársela, como si realmente la sintiera y le atara las manos, sin reparar en que eran las esposas las que la aprisionaban “ensigo” misma. Cayó al piso de rodillas y se calmó, resignada: “Yo no quería, Sr. Juez, pero les hice un favor... porque al gordo de mi marido no le entraba en la cabeza... ¡Ni un sombrero le entraba en la cabeza al cabezón!”. Le dio, entonces por golpear el piso como si estuviese ahí el muy infeliz. “¡Já!.¡Gil!... ¡Reíte ahora, cabezón! ¡Reíte, gordo chancho pedorro!... ¿No ves que la gente se reía de vos también?”.
Su voz se hizo grave, imitando la de un hombre no gangoso: “Correte gordo, que hacés eclipse”, le decían los amigos cuando el pelotazo se les paraba delante de la luz y tapaba todo con la cabezota... ¡Pedazo de imbécil!”. Y volvió a cargar contra el piso hasta que se agotó e hizo una pausa, suspirando. Después aclaró: “Gracias a mi, ahora no se ríen más del gordo... del pobre gordo. ¿Ahora se dan cuenta que era pobre? ¡Si nunca tuvo un mango el boludo... ¡Y se reía!”. Golpeó nuevamente al gordo inexistente que yacía inmóvil en el piso. “¿De qué te reís? Mirá como me dejaste el piso todo ensangrentado, desgraciado”. Resopló, indignada: “¡La campera!”. Imploró mirando otra vez afuera: “¿Me desenrollás la campera?¿Te reís? ¿De qué carajo te reís? Los amigos del gordo no se ríen más de mi... y los nenes tampoco”. El relato comenzó a ponerse interesante, pensé: “...primero se reían también... después se ponían a gritar, con sus vocecitas chillonas”
Su voz amenazante, increpó: “¿Por qué llorás?”. Tras una breve transición, continuó para si y luego para ellos: “Yo no se por qué los pendejos son tan indecisos... Soy mami... ¿De qué te asustás?”.
Ya no les prestó más atención ni al juez ni a los carceleros abandónicos, sino a sus pequeños: “les hice un favor... los destrocé para no traumatizarlos”. Se calló la boca un instante y se justificó del todo: “Después la psicóloga me iba a echar la culpa a mi... porque la culpa siempre la tiene la madre...”

Terminó de reflexionar por fin, anunciando: “A mi todos me juzgan... Y yo escucho voces”... luego se tapó los oídos, como si los oyera: “Eran gangositos, también, les quería hacer un favor... ¡Cállense!”. Se acurrucó en el piso, con angustia: “¿No se van a callar?... ¿No ven que la gente se reía de los gangositos?... ¿No entienden?... ¿Me juzgan también?
¿Me juzgan?
¡Desagradecidos!”

No me miren así... yo no soy Natalia Góngora, ni una asesina “gangosa” como ella. Lo repito, yo “no soy gangosa”.
Lo que me liga a ella es ese desagrado que me provoca la gente que se ríe cuando una está explicándoles algo, por ejemplo...
Y si, yo también tengo lo mío... ¿Por qué negarlo?
Los cargos que pesan en mi contra no son moco de pavo, tampoco.
¿Qué?
¿SE RIEN?

María Elsa Rodríguez

Monday, July 03, 2006

SHHH!... una de aparecidos

“Uno a uno fui olvidando los pasos que llevaban hacia mi puerta, hasta que lo que quedaba tras ella solo fue un recuerdo borroso. Hasta la misma puerta se me antojó irreal. Pero cuando más pasaba el tiempo y más oscuros se hacían los detalles, más obsesivo era el deseo de atravesar ese sinuoso camino que me llevaría al otro lado”.
Hay noches en que Claudio se aturde en “la disco”, para poder dormir después... sin sueños que vuelven una y otra vez. Esos deditos sucios, que se sostienen dificultosamente de los ladrillos rojos, manchados de hollín... un grito de una criatura que cae. A veces también escucha tiros. No recuerda muy bien de qué película es... “dejé de luchar contra mi deseo, fui olvidándolo a él, también paso a paso”.
A sus amigos ya ni les cuenta. Ellos se ríen o lo tratan de plomo. Por momentos los siente tan lejanos y superficiales que los mandaría a la mierda... pero esta noche, tiene levante, parece. Tendría que preocuparse un poco por “estar más presente acá”, dejar el asunto del sueño para después. Ahora está en este boliche, esa piba que lo mira con tanta insistencia... “está buena”, piensa. Le devuelve la sonrisa y la va a encarar. Mientras bailan, ella, súbitamente cambia de expresión y se pone fastidiosa. Se despega y se va a la barra con su amiga... “¡Qué gata Flora!”.
Y Mariana realmente estaba disfrutando... “Te juro”... le dice a su compañera que la reta otra vez: “Escuchame, no empecés otra vez, estás borracha”. A Mariana le indigna que la traten como a una demente. Tiene que saber la verdad, sacarse la duda, antes que pierda de vista a “Leonardo”: “¿No te acordás de mi?”... Le lanza la pregunta como una puñalada, que él ataja, volviéndose y sonriéndole a sus amigos: “...Tuve tantas”. Ella le retruca seria:
_“Vos sos Leonardo”...
_ No, yo soy Claudio..._poniéndose poco amable.
_Y tenés 30 años, no 28 como me dijiste...
_¡Estás re-loca!. Me confundís con alguien... ¿Para qué me voy a sacar años?_ está realmente molesto, se pone nervioso. Ella insiste:
_Cuando veo la propaganda de ese joven que se mira al espejo y ve a otro, pienso en vos...
_Si vos querés que te respete, con todo respeto... ¡Andate a la mierda!...
_Vos sos Leonardo Vázquez... la abuela y yo te estamos buscando hace muchos años...
El gira y empieza a caminar como si todo diera vueltas a su alrededor, borracho, pero de dolor. Las lágrimas, que le brotan, se sienten tan pesadas, que parece que pudieran estrellarlo contra el piso. Apura el paso para salir de ese lugar que lo está asfixiando. Ella lo sigue: “Yo me quedé en la chimenea como vos me dijiste”... Leonardo se pone la campera, camina lentamente, subiéndose el cuello, acomodándoselo, como para sostenerse de algo, para no caer irremediablemente, en medio de ese mareo en el que la nena en el techo de la casa, esa noche, llora asustada... “y, entonces, un día (creo que fue de día) vi un destello de luz. Parecía venir del final del corredor. Eso me llenó de ánimo, a tal punto que comencé a ver parte de las paredes, las más cercanas a mi. Pero aparte de estos descubrimientos, nada más pasó”.
Ahora está quieto. Paralizado de angustia. Mariana lo mira. El solo pregunta: “¿Yo qué te dije?”. Sabe lo que le va a responder: “Shhh!”, con el dedo cruzando los labios, y la misma cara de esa nena que él ayuda a meterse por el hueco de la chimenea de ladrillos rojos llenos de hollín... “ni siquiera se me ocurrió pensar en alcanzar la puerta. Tuve suficiente con descubrir y descifrar los ladrillos que habían estado todo ese tiempo tan cerca. No eran como yo los había visto, con sus bordes uniformes, rectos. Cada uno era diferente a su vecino, con colores y manchas”.
Esa sensación de resbalar y caer, vuelve como en el sueño... pero ella lo sostiene con este abrazo estrecho, fraternal, y las lágrimas de desahogo, ya no suenan: “clic, clic”, como en su mente... caen sobre ella, que las suaviza.
Mientras caminan por Puerto Madero, que se aclara, como esta historia, Mariana le cuenta a su hermano que siempre supo que la caída del techo no lo había acabado. Le muestra una imagen en la que Leonardo se puede ver en blanco y negro... porque es la foto de su padre. Y tiene la certeza de que ese hombre que le ha estado hablando “desde que despertó del accidente”, no era su viejo... y que entonces, no está “tan loco”.
Amanece. Hasta anoche, los ladrillos simétricos, oscuros e interminables, que no llevaban a ninguna parte, tapiaban esta claridad. Hoy va a descansar. El puente gira lentamente para que un velero salga al río, al mar, adonde quiera.

María Elsa Rodríguez

Saturday, June 24, 2006

EL CUENTO DE MIRNA

Si no les doy mi nombre, es porque quizás lo que voy a relatarles suene más que a denuncia, a resentimiento o a “deschave”. Vivo en el barrio, y acá se sabe todo de todo el mundo... cuando estaba en el centro era otra cosa. Es domingo y si hoy estoy así, de “entrecasa”, es porque no me siento bien, es mi primer cumpleaños sola y me duele que mi hija no me haya llamado todavía. Quizás ni lo piense hacer... también, tuve que soportar a
mi amiga Dolores “y sus lamentos”... (evidentemente el nombre condiciona). Otra cosa que “te condiciona” es el trabajo... “El laburo” es hombre, pero puede destruirte... porque está lleno de mujeres imposibles, que de ser “macanudas a simple vista”, se vuelven tus enemigas mortales. Por eso yo preferí cambiar “El Ministerio por la mercería (a tres cuadras de casa, ganaba en tranquilidad y tiempo para mi)”. Pero, creer o reventar, igual hay envidia... las mujeres somos capaces de envidiar cualquier pelotudez... ¡Siempre que la tenga otra mujer!. Mi “ex” antes de mi, tuvo otra “ex”...¡Y yo se lo envidiaba a ella!...Me di el lujo de traérmelo al señor, y “venirme al barrio” para tener mi casita y “la mercería”... (con la señoras que cosen y sus puntillas). Haciéndole la lencería a las otras. ¡Qué boluda!. Para colmo, “para salir un poco”, se me ocurre vender cosméticos: “Consultora de belleza, a sus órdenes”... ¡Qué truchada!. Todo el día escuchando a señoras con celulitis y mocosas con acné:
“Bueno, chicas... les vine a salvar la vida... si señora, aunque usted no lo crea... ¿Cómo es su nombre?... ¡Yo tengo una amiga que también se llama Delia, qué pequeño es el mundo!... Ingrese a mi empresa ...¡Nos da tantas oportunidades!. Conozco gente todo el tiempo”...¡PERO NUNCA UN SEÑOR, claro!. ¡Qué injusticia deslomarse así al pedo!
Y, por sobre todas las cosas, me jode haber tenido que escuchar a “mi ex amiga” Mirna, contándome su propio primer cumpleaños “recién abandonada”. Ella, ahora está deprimida... y me llama, después de tanto tiempo...para contarme “ese día fatal”:
“Solo cuarenta y”... lo malo de “solo” es que suena a: “sola”...”señora cambiada sin consulta previa”...Tanta explicaciones para dar... no sé lo que es peor, aguantar a los que les tengo que contar por qué me mudé, o a las que ya saben y no saben lo mucho que me rompen”... Yo muda, escuchaba el cuento que me hacía, para ver adónde quería llegar:
“No voy a dar pena”... me dice... me levanto y listo... la cago a mi vieja, que es capaz de no ir a misa para pescarme en la cama. Se la pasó criticando... que seguro algo habré hecho para que se fuera con la pendeja... ¡Sí, crecí, mamá, crecí!...”
¿Y a mi que me interesa?...Peor lo que me dijo la muy vil de la mía cuando me dejaron: “si esperabas una semana más podíamos estar festejando tu cumpleaños”. A veces la odio...¡Y las otras veces también!...¡No es una “Idishe mamme”!...Pero parece. ¡No es judía, es racista!
Me voy a arreglar...¡Me cago en la maldita gravedad que nos juega en contra “y manda todo para abajo”!. ¿Cuándo se me vino abajo la estantería?...Yo acá tenía una cintura bárbara... eso también “le pasó” a ella, que seguía con su interminable monólogo:
“¡Claro!. El, a la pendeja le ve “a primera vista” lo que yo ya me tengo que “andar dibujando”... Me temo que el gimnasio... “a las chicas de nuestra edad”, nos encontrará:“unidas o abandonadas”...¡Qué sacrificios no habremos hacho por ellos!... ¡Desgraciados, desagradecidos!... Ya me pongo a régimen y “me hago toda nueva”... pero, empiezo mañana, porque hoy es mi primer cumpleaños sola y ni torta tengo... ¿Estará bueno el pibe del delivery?... ¡Cuántas preguntas!. Al final, yo también parezco una pendeja”.
Me da bronca, pero también algo de risa, que lo viva con angustia... ustedes creerán que soy una arpía, pero le he aguantado cada cosa a Mirna... que me pudre que se venga con “la historia de su pena” justo hoy... la tía Rosa, le decía: “menos mal que te estás poniendo más gordita, porque a ellos les gusta tener de donde agarrarse”. El se lo estaba advirtiendo: “hacete un lifting, ponete lolas”... le decía... “Si ya tengo dos”, le contestaba ella... ¡Qué tarada!. No buscaba una respuesta ingeniosa, él... ¡Es que ya no tenía de dónde agarrarse, “el pobre”!
Mirna “no dejó títere con cabeza”... es de las que te cargan: “¿No te aburre la rutina?. ¡Todo el día detrás de la nena!”. Tendría que reconocerme algún mérito... pero, evidentemente no se da cuenta. Es como un crítico de cine (profesión netamente femenina o “de trolos”, por lo jodida). Solo critican y ni una película han filmado... ¿Cómo pueden saber tanto de lo que no han hecho?. Y mi nena, ya está dando que hablar... “a alguien habrá salido”. El crítico te manda a ver “la mejor película de la semana”... no importa que vos quieras reírte para olvidar. Ellos “te explican”, que, en realidad, “tenés que ver” una película que te hace llorar como loca, y al final... por tanto sabio suelto: ¡Te querés matar!.
Cuando yo le preguntaba algo, me respondía: “Eso es personal...lo tenés que resolver vos”...y yo, lo que quería saber “tan ansiosamente”, era: “¿Cómo me quedará el pelo más corto?”, por ejemplo. No, acerca de mi vida o de mi pareja... que, como “ya fue pareja de tantas”, se ve que no era algo “tan personal”... (todo el mundo opinó de eso). ¡Y el marido si que es un “objeto” personal!... ¡Personal y exclusivo!. No te digo que como el cepillo de dientes... ¡Pero debería serlo!. Porque una no le anda prestando a cualquiera lo que se lleva a la boca. Mirna no comprende realmente la situación... justo a mi me cuenta:
“Me conformo con que la pendeja le contagie algo mortal... o lo largue y se muera de vergüenza... ¡Mínimo!. Porque le habrá visto el auto la piba... mirá si lo hubiera visto “en el bondi” como lo vi yo... ¡Ni bola que le daba!
¡Qué rabia!. Hoy voy a llorar a lo loco para que se me acaben todas las lágrimas... “mi vida es un tango”, ya no vivo “en un palacete de Barrio Norte”, ni soy “la reina del hogar”. Aunque, como: “La Cenicienta”... me la he pasado barriendo “la tierrita turra” que se empecina en volver al otro día y se deposita en el mueble que ya limpié. La tierrita es mujer, jodida y persistente como una madre... y yo soy “Mujer y Madre”. Acá estoy, contándoles a unos perfectos desconocidos, que fui yo “la que le hice el cuento a Mirna”... para que tenga de su propia medicina. Hoy me llamó: “para descargarse (debido a que desde que me robó a: “mi ex”, se sintió mal... y me lo quería decir... ¡Lo podría haber hecho hace años!)”. Lo que la tenía mal (quizás ustedes ya se hayan enterado)... era que “El”, ahora, también es “su ex”...porque “una pibita se lo llevó”...¡Hija e’tigre!...
Si no fuera mi hija, y si no supiera que el sátrapa ese no la merece, estaría a las carcajadas. Pero “la nena” cree que no la entiendo... (le habrá dicho él). Por supuesto que la entiendo. Mi enojo fue por la sorpresa (y era con él). El mismo que se fue con Mirna porque: “mi hijita nos molestaba tanto cuando era chiquita”. Al final, somos como: “Los ángeles de Charlie”, tres boludas seducidas por el mismo tipo, sin conocerlo jamás.
La vida te da revancha. Mamá tendría que reconocer ahora, mi talento para criar a esta vengadora que dejará de ser anónima prontamente. Cuando Mirna se avive de la “infeliz coincidencia”, se va a caer de ojete...¡Ojalá se rompa bien el culo!


MARIA ELSA RODRIGUEZ

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María Elsa Rodríguez nació en San Miguel (Buenos Aires, Argentina) en 1966. Supo que lo suyo no eran las obtusas matemáticas, y que los sueños la movilizaban más que la realidad. Estudió Cinematografía, Fotografía, Bibliotecología y Archivística (áreas estas dos últimas en las que desarrolló su labor profesional los últimos años, sin dejar de seguir ampliando en talleres, su interés por la dramaturgia y la literatura). Estrenó obras en teatro, publicó cuentos y su primera novela. Desde entonces, comparte algo de su material en los sitios que administra en la Web: • https://artistinconcluso.blogspot.com/ • http://unadextranjerosenyankilandia.blogspot.com/ • http://ailaviuforever.blogspot.com/ • https://www.facebook.com/Libros-para-olvidar-la-editorial-de-los-libros-perdidos-984324104963181/